Todos le conocían y decían que era un buen chico, que nunca haría daño a nadie. En parte tenían razón, pero lo que no sabían es que él se estaba destruyendo a si mismo. Él decía que encontraba todas las respuestas en sus pupilas y que perdía todos los argumentos en cada curva. Un día ella se fue y él no consiguió acostumbrarse a estar solo. Cuando volvieron a verse ella iba con otro. Sintió como todo a su alrededor se desmoronaba, no sabía si llorar o huir. Desesperado, buscó una pistola, se pegó un tiro en el estómago y con voz ronca dijo: "Espero que las mariposas estén muertas".
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