martes, 30 de diciembre de 2014

A corazón abierto.

Me gustan las cosas sencillas, todo lo sencillas que puedan ser, no más. Las palabras en su justa medida, lo textos cortos, los que sin decir nada lo dan a entender todo. Me gustan los momentos en los que puedo estar pensando días. Me gustan las buenas preguntas, las que se quedan sin respuesta. Me gusta definirme por aquello que ignoro y dar todo lo que sé. Me gustan las canciones con sentido, con sentimiento y con algo de ritmo. Me gusta tener la cabeza donde la tengo, un poco en las nubes pero aún así encima de los hombros. Y también me gustan tus ojos, pero eso tú ya lo sabes.


domingo, 28 de diciembre de 2014

Aquello que acabarás amando.

Son sueños, personales. Retos, imágenes. Imposibles, por idiota. El amor de nuestra vida, el real, el que tiré por la borda en marzo. El que perdí por completo en junio. Era lo único verdaderamente mío y lo dejé marchar por dejar que un corazón roto hiciera caso a mi cabeza, siempre equivocada. Tenía sueños ambiciosos, que vendí por un par de disgustos. He tomado decisiones erróneas, nefastas, que han acabado con aquello que yo soy, o era, porque toda mi esencia está rota, perdida, aniquilada; naufragada. Un mar de dudas, un océano de errores. Tiempo invertido que no vale la pena, porque lo intentara o no, los sueños son eso, sueños, y lo seguirán siendo. Eran un gran imposible, una gran mentira, una atroz decepción; era como morir poco a poco, nunca serví para eso, fue todo puro corazón, nada de maña. Pero ahora me mata más el abandono, la rabia de la impotencia; me digo a mí mismo: "paciencia". El que siempre lucha hasta el final triunfa, aunque no siempre del modo que espera. Confianza, fe, en mí y en el futuro. Por el mínimo acierto que descansa en el gran error, por la posibilidad, por hacer acopio de las fuerzas que me quedan, por seguir, por no rendirse jamás, por el valor y por la verdad.


Son sueños, personales. Retos, imágenes. Imposibles, por idiota. El amor de nuestra vida, el real, el que tiré por la borda

martes, 23 de diciembre de 2014

El campeón de los cobardes.

Hablemos de la más risueña, aquella que llora de risa, que se queda sin aire, que rebosa locura, que parece que no teme a nada. Hablemos de sus ojos claros, hablemos de sus marcas de guerra. Hablemos de su pasado, presente y futuro y hablemos de lo que piensa de ella. ¿Cómo saber si su risa es sincera? ¿Cómo vivir sin su energía?

Cierras el puño como si trataras de retener algo, cierras los ojos con fuerza, te muerdes el labio con rabia y tus pies se quedan firmes, clavados en el suelo. La vida te da vueltas y se te pasan una infinidad de imágenes por la cabeza, pero sigues sin entender nada. No tiene sentido nada de lo ocurrido pero no ha habido manera de evitarlo.

No se puede poner fecha a una decisión, no se puede llamar a la inspiración cuando uno quiere, tampoco debemos sentarnos y esperar. No se debe caer en la prudencia extrema y tampoco en la precipitación. Es un error aferrarse a un impulso por cabezonería, también es un error desecharlo. Mi teoría, los mayores aciertos vienen después de los grandes errores. Sin tus fallos no hubieses llegado aquí, justo a tiempo, justo a mí. Cada uno de tus errores te lleva a ser quien eres y te aseguro que no hay forma de que seas más perfecta y bella de lo que lo eres ahora. Dale gracias a tu pasado por traerte hasta el presente. Da las gracias por cada paso en falso y por cada paso en verdadero. Gracias a la historia por darme la seguridad de que no ha habido jamás un error más acertado que este.



martes, 2 de diciembre de 2014

Llámalo guerra.

Nuestra historia empieza con unos ojos oscuros, una mirada profunda y un brillo sobrecogedor. Como si de las tinieblas surgiera un rayo de esperanza; eso era ella. Y ahí, en un segundo, lo supe. Ese era el comienzo de nuestra historia, un amor imposible. Sin saber nada de ella, solo con verla por primera vez, la intuí. Ya sabía todo lo que había que saber. Sabía que ella sabía bien a quién querer y cómo hacerlo, pero que jamás sería a mí. Sin embargo, su presencia no me dolía, al contrario. Ella iluminaba mis días sin dirigirme la palabra, solo con observarla yo sonreía y poco a poco comencé a darme cuenta de que era exactamente como yo me la había imaginado. Debí haberle dado las gracias por su corazón y su carácter, por hacerme volar y por obligarme a mantener los pies en el suelo.   

Y son, niña, tus ojos.