Ya no recuerdo sus manos. Ese pequeño detalle en el que nadie se fijaba pero que yo recordaba siempre. No puedo creer que no me acuerde. Hace demasiado que no la veo, hace demasiado que no sé de ella. Nunca pensé que esto pudiera ser de esta forma, dudo mucho que nadie te haya apoyado tanto como yo en los momentos duros, dudo mucho que nadie haya creído en ti tanto como yo y dudo mucho que haya otra persona a la que estarías dispuesta a confiar tu futuro. También dudo mucho que yo hubiera conseguido todo esto sin ti, sin tus ánimos y sin tus palabras tranquilizadoras. Sigo sin poder creerme que no significase nada para ti. Eso duele, es un gran palo. Esa es la vida, un gran charco de lágrimas derramadas por personas que no derramarían ni una sola. Esa es la vida, la tortura de buscar su pelo rubio entre la gente y que nunca aparezca, una mentira constante y ese pequeño gran ronroneo en mi cabeza.
La suerte de mi vida, eso no. La suerte de la suya, podría ser.
La suerte en mi bolsillo, seguro. La suerte en el suyo, depende.
martes, 29 de julio de 2014
domingo, 13 de julio de 2014
Cosas que ya sabes.
Nunca me había sentido tan mal como ahora. Nunca había llorado tanto. Nunca había sentido el fracaso tan cerca, el dolor tan presente, ni siquiera había llegado a pensar que todas las cosas malas que habían pasado y que estaban pasando podían salir a flote en tan solo un momento. La vida da muchas vueltas, está claro, pero de ahí a que yo remotamente hubiera podido llegar a pensar que esto pasaría así, hay un mundo. Cuando todo esto no sea más que historia, será la historia más inverosímil que jamás te hayan contado. Lo cierto es que he dado tantas vueltas en este laberinto que salir de él se ha puesto muy cuesta arriba. Mi intuición, que tantas veces ha acertado, hay un campo que no domina. Ese campo son las personas. Creo que soy el único al que todos prefieren tener lejos, creo que no se puede caer más bajo. Tengo los remordimientos más grandes, una culpabilidad que aprieta y estoy tan avergonzado que no me siento capaz ni de mirarle a la cara. Tengo miedo de salir a la calle y cruzarme con ella, pero a la vez la echo de menos. Creo que esos sentimientos tan opuestos acabarán por hacer que me comporte de esa forma rara, esa que asusta, esa que odian. Una parte de mí va mendigando cariño y la otra está tan harta del trato que recibe que su enfado parece que quiere permanecer para siempre. La cabeza, sin embargo, mantiene los recuerdos encerrados para no desequilibrar la balanza y no permitir que me arrastre por el suelo en un intento desesperado por acabar con esta situación. La verdad es que ya conozco el final de esta historia y voy a saltarme todo el libro, voy a ir al final y voy a ahorrarnos los problemas.
Mis ganas de irme.
Mis ganas de irme.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)