Ella era una chica normal, a primera vista no tenía nada especial ni nada que llamara la atención. No tenía demasiados pretendientes, ni falta que le hacían. Ella era preciosa, pero nadie se daba cuenta, salvo algún que otro loco que iba por la vida fijándose en algunos detalles y dejando pasar todos los demás. Aquel, loco de atar, se fijó primero en sus ojos. Asustaban, pero sabía que si se los ganaba habría encontrado un sitio donde refugiarse. Después, al poco tiempo de sentirse acorralado por su mirada, ella esbozó una sonrisa y soltó un par de palabras amables. El miedo pareció disiparse y se dejó llevar por la confianza que le transmitían esos labios. De pronto, una vez que su atención se había quedado con ella, aparecieron miles de detalles: su pelo, cada palabra que salía de su boca y cada cosa que descubría de ella por casualidad. Lo que más le sorprendió fue que todo aquello le gustó, no hubo cosa que no le fascinara. Ella era la mujer más bella, a todos los niveles. ¿Cómo alguien en su sano juicio podía romperle el corazón? Pues así era, los detalles se los había quedado el loco y probablemente le torturarían durante mucho más tiempo, pero había otros mucho más locos que él, capaces de dejarla ir. ¿La belleza está en los ojos del que mira? No. Está en todos sus detalles que pocos pueden ver. Ella era preciosa y eso era indiscutible.
Se perdió en ella y ahí se encontró.
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