domingo, 29 de diciembre de 2013

One last breath.

Iba solo, era invierno y hacía lo que los demás considerarían un mal día. Estaba nublado y el cielo amenazaba con descargar, pero todo eso a quién le importa, solo es agua, además es lo que andaba buscando. A pesar del frío me puse unos pantalones cortos, una camiseta y descalzo me fui. Mis pies corrían libres sobre el asfalto, casi sin rumbo fijo y pensé en lo que ocurriría si me caía allí en medio de la calle. Me imaginé tratando de levantarme con un dolor intenso, las rodillas sangrando y planteándome la posibilidad de que un coche apareciera. Últimamente solo veía el lado malo de las cosas, me imaginaba lo peor, sabiendo que era casi imposible que algo así me pasara, sobre todo porque no iba a caerme. Confié en lo que mis piernas habían decidido, realmente todo lo demás había perdido importancia, para mí todos los aviones destinados a despegar habían acabado estrellados en el suelo y todos los pasajeros estaban muertos después de haber esperado toda su vida para coger ese vuelo. Lo cierto es que tampoco se estrelló ningún avión, pero mi corazón si sentía esa desolación de un momento de tragedia absoluta. Al llegar a la playa me senté sobre la arena mojada, me daba igual tener el culo empapado. En mi cabeza se dibujó un "¿por qué no?", avancé hacia la orilla y el mar bañaba ya mis tobillos. Yo dependía del mar, llevaba tiempo sin dedicarle una sonrisa o una caricia. Me sumergí. El agua estaba fría pero acabé acostumbrándome. Hacía ya mucho tiempo que no me sentía igual, una total libertad, mi cuerpo se había librado de la tierra, de la gravedad y de todos los problemas que seguían allí aparcados entre la gente. No quería volver y decidí nadar mar adentro. Al cabo de un tiempo me inmovilizó la marea, me atraparon las olas y el frío me acompañaba, pero nada de eso me impidió ser feliz en mis últimos instantes. Cuando me encontraron dijeron que me había suicidado, pero lo que no saben es que no quería morirme, solo quería vivir y lo conseguí. El mejor día de mi vida fue el único en el que me topé con la muerte. ¿No es irónico que para vivir haya que morir? Ahora sé que es cierto aquello que decían de que lo bueno se hace esperar, se hace esperar tanto que es ese último momento, tu último aliento y nada más.

tamburina:

My sister in the south of Chile. We are sitting at home next to the fireplace in our southern lake house when it suddenly began to pour uncontrollably. Had to rush into the lake to take this snapshot! - Camila Massu/National Geographic Traveler Photo Contest